Las marchas ¿pacíficas? en la Ciudad de México

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Ante el aumento de distintas manifestaciones sociales en la Ciudad de México, la seguridad y la armonía colectiva se ven cuestionadas por la presencia de personas que salen de la esfera pacífica para promover acciones violentas. En ese sentido, algunos de los derechos individuales se ven mermados; tránsito, seguridad y armonía son algunos esquemas que se rompen.

Quizá alguna salida fácil sería no acercarse a los grupos que se manifiestan, no salir de casa o incluso resguardarse en algún establecimiento mientras se disuelven los disturbios. Resulta lógico y sin un grado mayor de riesgo. No obstante, tienes que salir de casa para trabajar, comprar productos básicos de higiene y alimentación. En otras palabras, no hay forma de mantenerte ajeno o lejos de las manifestaciones. No presenciar las marchas, o dejar de pasar por el lugar en el que están, representaría dejar de ser tú, sabes que es el lugar en el que siempre has vivido. Por otra parte, el trabajo te ata a ese lugar. No hay opciones.
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La gritería de los manifestantes y el cerco policiaco se convierte en algo infranqueable. La incertidumbre se apodera del ambiente. Piensas que algún objeto puede impactar tu humanidad o en el mejor de los casos algún oficial te tome por el brazo y seas privado de tu libertad, al menos por unas horas.
Observas de derecha a izquierda, buscas alguna salida. No la encuentras. Corres por eje central, encuentras a un grupo de policías caminando hacia ti. Das vuelta y alcanzas a ver a una niña perdida, piensas que sus familiares la dejaron ahí, olvidada. La ignoras, corres. Recorres 5 metros de distancia y no puedes dar un paso más, sabes que esa pequeña no se puede quedar ahí. Te vuelves y al buscarla entre tanta gente desaparece. No te importa y sigues corriendo, aunque vislumbras la presencia de otro ejército de escudos acordonando la zona centro.
Te preguntas, ¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal? Te vienen a la mente cientos de recuerdos familiares, de tu novia, pero sabes que duran muy poco por el miedo que en ese momento ocupa todo tu ser.
Entre tanta gente corriendo y con banderas que no te permiten observar el entorno, llega un momento de flaqueza. Las piernas se te doblan, no puedes más, te derrumbas. No despiertas.
Cuando la consciencia te llega, sabes que no fue una pesadilla. Lo sabes por la sangre que tienes en la boca y por tus pertenencias que ya no están. Crees que todo pasó pero cuando te levantas del concreto gélido y recibes los primeros rayos de sol, te das cuenta de que sólo es el comienzo.

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